¡QUÉ ELEGANCIA LA DE FRANCIA!

Camiseta nueva,
pantaloncitos reglamentarios igual que las medias y camiseta adentro del
pantaloncito. Hasta botines sin estrenar. Y empieza el partido. Diez
treintañeros con poco aire y con pocas piernas ya. Quince minutos para tocar
dos veces la pelota y la transpiración dibujando en mi camiseta el mapa de una
región volcánica en los primeros días de existencia de un planeta desconocido y
hostil. Una media baja imitando un acordeón desinflado y el cordón desatado que
piso irremediablemente para tropezar, mirarme el pié y putearlo como si el
pobre tuviera la culpa. La respiración arrítmica, olor a transpiración. Escupo
porque me ahogo pero la saliva no llega a salir del todo, babeándoseme la
perilla. El pelo mojado y duro en la disposición en que se corta más corto en
el estilo americano. Gotas de sudor caen por mis patillas trazando un cauce
irregular y se encuentran en la papada en un gotón que tarda tanto en caer que
parece que no va a hacerlo nunca. Resoplo mirando al techo del tinglado y
cuando doy vuelta la cabeza lo veo a aquel otro. Igual de cansado, quizás con
menos aire aún – ¡Si hace ocho años que no sale de su oficina! –. Transpira
también (¿cómo no va a transpirar?). Pero transpira prolijamente: un
triangulito isósceles de humedad en el medio justo, exacto, de la remera. Le
suda la cabeza también. Pero su exceso de aguas no se llega a ver: es absorbido
silenciosamente por la vincha que mantiene su cabello compactamente peinado en
la misma posición en que lo dejó antes de salir a la cancha. Igual que el
pantaloncito, que sigue ahí reteniendo a la camiseta dentro de sí, con apenas
un pliegue cayendo abuchonado alrededor de la cintura. Las medias no se bajan,
pero si lo hacen parecen hacerlo plegándose sobre sí mismas, como si uno lo
hiciera a propósito. Me mira y sonríe. De seguro ha reparado en esa mucosidad
que no ha terminado de desprenderse de mi nariz y que la decora como una
estalactita a una cueva. Le devuelvo la sonrisa: tampoco él parece poder
retener su moqueo. En un gesto automático, y cada uno para hacerse cargo de la
mirada ajena, apretamos los dos nuestra fosa nasal contraria y soplando fuerte
queremos sacar de un golpe nuestra incomodidad colgante: la mía sale con un
coágulo de sangre que me mancha la camiseta.
¿Dónde radica el secreto de la elegancia?,
¿por qué es imposible intentar emular a alguien elegante?. ¿Se trata de algo
innato?. Pues nada parece tener que ver el dinero que uno tenga, ni el tiempo
de que disponga, ni la preocupación que ponga en conseguirlo. Simplemente
algunos son elegantes y otros no podemos serlo. Elegantes para caer, elegantes
para comer, para vestir, para accidentarse e incluso para morir, algunos
conservan la gracia en cada uno de sus actos. Otros no sabemos ser efectos:
cualquier causa, por débil que fuera, genera en nosotros consecuencias
desproporcionadas, asimétricas, desordenadas, extendidas en el espacio y en el
tiempo mucho más allá de los límites de las fuerzas que las impulsan. Y no se
trata tan sólo de torpeza o falta de gracia, pues la falta de elegancia va más
allá de las reacciones voluntarias: se respira y se transpira poco
elegantemente, se es empujado y se pierde el equilibrio poco elegantemente. Sin
elegancia se presentan en nosotros los fenómenos corporales incontrolables y
del mismo modo también vivenciamos cada cosa que deliberadamente intentamos
hacer. Propongo quitarnos el monóculo, arrojar el bastón, recuperar nuestra
posición encorvada al caminar y escupir tranquilos el carozo en la certeza de
que caerá fuera del plato. Después de todo, como dijera Pitigrilli, la
elegancia quizá sea puramente cuestión de esqueleto.
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